Hay hombres que atraviesan el océano llevando consigo no solo maletas, sino la esencia misma de su tierra. Hoy, desde Madrid, quiero alzar la voz para rendir tributo a uno de los intelectuales más brillantes que ha parido la tierrita boyacense: el Dr. Evelio Cabrejo Parra.

Nacido en la calidez del campo en Moniquirá Boyacá , Evelio aprendió la lección más importante de la psicolingüística no en un aula de París, sino de la mano de su abuela. Ella, a pesar de ser analfabeta en letras, era doctora en la observación del mundo. Fue ella quien le mostró cómo el milagro de la naturaleza se manifiesta en la flor de la yerbabuena, que brota con la misma naturalidad y contundencia con la que nace la palabra humana. Allí, entre el verde de Boyacá, Evelio entendió que el lenguaje es un organismo vivo, un milagro que ocurre «de una sola vez».

De la Universidad Nacional a la Cúspide de la Sorbona
Su camino es el triunfo del mérito y el intelecto. De las aulas de la Universidad Nacional, partió con una beca hacia la Sorbona de París. Lo que comenzó como un sueño de estudiante terminó con un reconocimiento histórico: su admisión como profesor y su consolidación como Rector del área de Psicolingüística en la Sorbona París VII.
Evelio no solo enseñó en francés; tradujo la sabiduría de sus orígenes a una ciencia universal, convirtiéndose en un referente mundial cuyos escritos hoy guían a académicos en múltiples idiomas.

Más allá de los títulos, quienes le conocemos sabemos que su grandeza reside en su humildad y su don de gente. Evelio es el resultado de una familia sólida: un hijo ejemplar, un hermano presente y un amigo leal. Su hogar es un refugio de pensamiento y estética, guiado por su esposa una mujer brillante y sensible al arte y sus hijos, quienes han heredado esa capacidad de soñar en grande.
Hace más de 20 años, , tuve el honor de entrevistarlo para la Emisora Eurocaribe y la revista Latin Club. Aún guardo en la memoria aquel recorrido por los pasillos de su universidad; ver el respeto y la admiración con la que sus alumnos se acercaban a saludarle fue la prueba fehaciente de que estábamos ante un maestro de vida, no solo de cátedra.

El Gobierno Nacional de Colombia tiene una deuda pendiente con este hijo de campesinos moniquereños. Es hora de que el país reconozca formalmente a este embajador silencioso que ha elevado el nombre de nuestra bandera a los niveles de sapiencia más altos de Europa.
Antes de que cierre este año, elevo desde España una oración por su vida y su legado. Que su sabiduría siga floreciendo como aquella yerbabuena de su infancia, y que su ejemplo sirva de faro para todo colombiano que cree que, con estudio y humildad, el mundo no tiene fronteras.
Escrito por: Por Norberto Latorre Forero


