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Construir futuro: El reto de superar la polìtica del momento

Por: Mtra. Karin Ramírez Figueroa
Directora del Centro de Política Familiar,  Docente Universitario e Investigadora

Ad portas de un nuevo proceso electoral, el Perú parece mirarse a sí mismo en un espejo fragmentado. Lo que observamos es una multiplicidad de candidatos, discursos que cambian según el momento, promesas que suenan bien en campaña pero carecen de sustento y de horizonte. En lugar de propuestas que apunten al futuro, lo que escuchamos son consignas pensadas para el aplauso inmediato, palabras que buscan convencer sin construir.

Desde el Centro de Política Familiar, donde creemos que toda política nace del compromiso con la persona y la familia como núcleo del desarrollo humano, preocupa ver cómo la mayoría de quienes hoy se presentan no buscan servir, sino servirse. Y esa diferencia, aparentemente sutil, lo cambia todo.

El poder por el poder

Hoy, los liderazgos que se proyectan parecen motivados más por el deseo de ocupar el poder que por el propósito de transformar la realidad. Se multiplican los nombres, los colores, los lemas, pero no las ideas. Cada candidatura busca afirmarse a sí misma, no al país.

El filósofo Friedrich Nietzsche, en Así habló Zaratustra, nos recordaba que el verdadero desafío del ser humano es superarse a sí mismo, no dominar a otros. El poder sin propósito termina siendo vacío. El poder sin alma se convierte en instrumento de beneficio personal. Y eso es justamente lo que estamos viendo en el Perú: un escenario político donde la búsqueda del poder se impone sobre la búsqueda del sentido.

Zaratustra decía: “Yo os enseño el superhombre. El hombre es algo que debe ser superado.” Y esa idea, lejos de ser una abstracción, es profundamente política. Nos invita a pensar que quien quiere liderar debe trascender el ego, debe elevar su mirada más allá del interés personal. Un líder que no se supera a sí mismo termina repitiendo los mismos errores del pasado.

Ausencia de visión y pensamiento propio

Muchos candidatos confunden popularidad con liderazgo, y oratoria con pensamiento. El resultado es un discurso político débil, lleno de frases hechas, de promesas que no resisten un análisis serio ni técnico.

La política peruana parece haber olvidado que gobernar implica pensar a largo plazo, planificar con visión de país, proyectar el Perú de los próximos treinta o cuarenta años. Las verdaderas transformaciones requieren ideas, no improvisaciones. Y para tener ideas hay que leer, hay que reflexionar, hay que pensar.

Quizá por eso vale recordar —como mencionaba Nietzsche— que quien no piensa por sí mismo termina siguiendo a las masas. Hoy necesitamos políticos que no busquen “más seguidores”, sino más conciencia, más ética, más lucidez. Que lean a Zaratustra, no para citarlo, sino para comprender que el liderazgo empieza en el dominio de uno mismo.

El reto de liderar con propósito

Nuestro país no necesita salvadores, sino servidores. No necesita héroes de campaña, sino arquitectos de futuro. Gobernar no es llenar cargos ni repartir prebendas: es tener la humildad de escuchar, la capacidad de proyectar, y el coraje de decidir por el bien común, incluso cuando eso no genera aplausos.

El Perú merece líderes que comprendan que su rol es construir instituciones sólidas, políticas sostenibles y un horizonte que trascienda su mandato. Líderes que piensen en el bienestar de las familias, en la dignidad de las personas, en la justicia social, en la educación, en la equidad de género, en la paz y en la conciliación entre trabajo y vida.

Desde el Centro de Política Familiar lo decimos con claridad: el poder sin propósito ético es solo ruido. Pero el poder con propósito humano puede ser semilla de esperanza.

Reflexión final

Quizás ha llegado el momento de que como ciudadanos también nos superemos a nosotros mismos. Que dejemos de votar por lo inmediato y empecemos a elegir con visión, con responsabilidad, con memoria. Que exijamos profundidad en los discursos, coherencia en las trayectorias y visión en las propuestas.

Zaratustra enseñaba que “quien tiene un porqué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo”. Hoy el Perú necesita reencontrar ese porqué colectivo: la razón por la cual vale la pena construir juntos un país más justo, más digno, más humano.

No se trata solo de elegir gobernantes. Se trata de volver a creer que la política puede ser servicio. Que el poder puede tener alma. Que los líderes pueden volver a ser ejemplo.

Porque el Perú no necesita más caudillos, necesita conciencia.

Y esa conciencia empieza en cada uno de nosotros.

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