Colombia en la cima del cortometraje mundial: una conversación con María Cristina Pérez en Clermont-Ferrand
CLERMONT-FERRAND, Francia — La luz de las salas de proyección en esta ciudad del centro de Francia —donde cada febrero se celebra el Festival Internacional de Cortometraje de Clermont-Ferrand— se ha convertido en un faro mundial para narrativas breves e intensas. Desde su fundación en 1979 por un colectivo de cinéfilos universitarios y cineastas, el evento ha evolucionado hasta ser el festival de cortometrajes más importante del mundo y el segundo más concurrido en Francia después del Festival de Cannes, con más de 160.000 espectadores y miles de profesionales acreditados cada año.
En la edición 48 (30 de enero-7 de febrero de 2026), la presencia latinoamericana se sintió con fuerza, y Colombia destacó con múltiples proyectos, entre ellos Una vez en un cuerpo, el cortometraje de animación dirigido por María Cristina Pérez que compitió en la Competencia Internacional (programa I5). Previamente seleccionado en prestigiosos circuitos como Locarno y Sundance y ganador de la Santa Lucía a Mejor Cortometraje Nacional de Animación en Bogoshorts, la obra es una de las más comentadas del festival.
Para la cineasta colombiana —responsable también de cortometrajes como Coffee Break, Todo es culpa de la sal y Añejo— la participación en Clermont-Ferrand no es un punto de llegada, sino un hito que reafirma que la animación latinoamericana está encontrando su voz en los circuitos globales. Su obra se inserta en un contexto donde creadores de regiones diversas convergen en un festival que desde 1986 ha integrado el Marché du Film Court, un mercado profesional que ha fortalecido la circulación de cortometrajes y la interacción entre creadores, distribuidores y programadores internacionales.
Pero más allá de cifras y escenarios, la presencia de Una vez en un cuerpo en la competencia internacional envía un mensaje poderoso: las historias locales —contadas desde una sensibilidad profundamente personal y universal— pueden resonar más allá de las fronteras culturales. “Al colocar en pantalla cuerpos reconocibles, diversos, con historias no estereotipadas, abrimos un espacio de empatía y reflexión”, señala Pérez, visiblemente emocionada por la recepción de su trabajo entre críticos y público.
La historia del cortometraje colombiano en Clermont-Ferrand es parte de un movimiento más amplio que conecta iniciativas como Bogoshorts (el festival de cortometrajes de Bogotá) con plataformas internacionales, facilitando que talentos latinoamericanos expongan sus visiones en Francia y encuentren correlaciones con audiencias globales. Esta edición incluye también otros cortos colombianos y proyectos de industria que buscan consolidar alianzas para futuras producciones.
Al caer la noche en Clermont-Ferrand, entre proyecciones y debates sobre narrativas emergentes, queda claro que la escena colombiana -impulsada por cineastas como María Cristina Pérez- no solo está presente: está siendo escuchada. Sus historias, tan íntimas como universales, vuelven a poner al país en el mapa del cine contemporáneo de animación y reafirman que en el marco del festival más influyente del mundo para cortometrajes, las voces diversas tienen un lugar legítimo para ser contadas.

