Hay países que tiemblan no solo por los terremotos, sino por los gritos contenidos de sus jóvenes.

Directora del Centro de Política Familiar “Visión & Desarrollo”.
Abogada, Docente Universitaria, Investigadora RENACYT (Perú)
En el Perú, esos gritos se oyeron fuerte en los últimos años: jóvenes que salieron a las calles a exigir dignidad, transparencia, justicia. Protestas llenas de color, de música, de rabia y de esperanza. Detrás de cada cartel y cada consigna, había una historia familiar.
Yo he querido mirar ese fenómeno —como abogada, docente e investigadora— desde otra perspectiva: la de los hogares que forman ciudadanos. Porque la democracia, antes de ser un sistema político, es una forma de convivencia que se aprende, se respira y se ensaya en casa.
La democracia nace en los gestos cotidianos
En la mirada de un padre que escucha sin juzgar. En la madre que enseña a dialogar y no a imponer. En los hermanos que negocian quién lava los platos o quién elige la película.
Es ahí donde empieza el aprendizaje democrático. Lo decía Tocqueville hace casi dos siglos: “la vida política se fortalece cuando la vida privada enseña la virtud cívica”. Y en América Latina —una región de contrastes, resiliencia y belleza humana— esa virtud muchas veces se ha sostenido más en el amor familiar que en la estabilidad de las instituciones.
Por eso, cuando hablamos de fortalecer la democracia, no podemos olvidar su raíz más profunda: la familia como escuela de ciudadanía.
Generación Z: el pulso de una nueva ciudadanía
La llamada Generación Z, esa juventud hiperconectada, crítica y valiente, ha tomado las calles y las redes con una claridad admirable: no quiere heredar democracias rotas. Su rebeldía no es caos, es anhelo de coherencia. Y su protesta, en el fondo, es una pregunta:
“¿Qué mundo nos están dejando, y qué valores nos enseñaron para transformarlo?”
Esa pregunta debería interpelarnos a todos, sobre todo a quienes formamos parte de instituciones, universidades o gobiernos. Porque detrás de cada grito juvenil hay una familia que a veces falló en enseñar a escuchar, o que tal vez nunca fue escuchada por el Estado.
El desafío está en convertir esa energía de protesta en energía de construcción.
Y eso empieza en el hogar, en las aulas, en las empresas, en las comunidades.
La familia como política pública
En Europa, los sistemas democráticos más sólidos —como los nórdicos— no se han sostenido solo con leyes, sino con políticas familiares inteligentes: conciliación trabajo–vida, educación emocional, parentalidad corresponsable, equidad real entre hombres y mujeres.
Esa es una lección que América Latina necesita abrazar.
Porque cuando la familia es fuerte, la democracia no teme.
Y cuando los Estados reconocen el valor social de cuidar, educar y compartir responsabilidades, la ciudadanía florece.
Los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS 5 y 16) ya lo señalan: no hay instituciones justas sin hogares seguros, ni paz pública sin justicia privada.
El futuro de la democracia se cocina en casa
He visto jóvenes peruanos marchar con banderas improvisadas y esperanza intacta.
He escuchado a madres que, entre lágrimas, dicen: “solo quiero que mis hijos vivan en un país que los escuche”. He acompañado a familias que se reinventan después del dolor, que siguen creyendo en el diálogo, que enseñan a sus hijos que la honestidad todavía importa.
Y cada vez confirmo algo: la reconstrucción democrática no empieza en los parlamentos, sino en las salas, las cocinas y los patios donde se aprende a convivir.
La democracia se hereda en los gestos, se fortalece en los vínculos y se expande cuando elegimos cooperar en lugar de polarizar.
Si cada hogar educa en la escucha, en el respeto y en la solidaridad, no habrá crisis política capaz de quebrar el alma de un pueblo.
Porque cuando el hogar educa, la democracia respira.
Y cuando la familia florece, la nación renace.

